Este es un artículo que publiqué en otra web pero que quiero tener en el blog. Voy a empezar a poner artículos más largos y con más peso cultural, lo que me requerirá más tiempo, pero creo que merecerá la pena. De ese modo siento que el blog sirve para algo más que para elevar mi ego.
Se trata de un ensayo en el que el propio Huxley hablaba sobre su libro “En un Mundo Feliz”, publicado en 1932. En este ensayo, de 1956, analiza todo en lo que, en su opinión, se confundió en “un Mundo Feliz”. También analiza en lo que cree haber acertado. Hace un análisis nada halagüeño de cara al futuro, que creo que viene bastante a cuento del mundo actual. Finalmente pasa a analizar el tema de las drogas, de su ilegalización. Huxley, ya a principios del siglo XX, experimentó con LSD y mescalina, mucho antes de que se extendiera en la década de los 60 cuando las drogas eran desconocidas. Tras experimentar con ellas, se hizo defensor de los estados elevados de la conciencia, de los trances místicos, y de las drogas menos dañinas para el cerebro modificadoras o elevadoras de la realidad. Hizo múltiples experimentos con psicólogos contemporáneos a él, en especial con un psicólogo canadiense llamado Humphry Osmond, que era el que le solía conseguir la mescalina para los experimentos a los que se sometían. Por aquella época este tipo de drogas alteradoras de la conciencia eran algo totalmente nuevo, desconocido, con lo que estaban experimentando. Creo que es bastante interesante el artículo:
1956
Otra visita a un mundo feliz
por Aldous Huxley
Lo más descorazonador que puede sucederle a un profeta es que queda demostrada su equivocación; apenas menos descorazonador es que quede demostrado su acierto. En los veinticinco años transcurridos desde que escribí Un mundo feliz, he vivido ambas experiencias. Los hechos han demostrado que me equivoqué penosamente; y los hechos han demostrado que acerté penosamente.
He aquí algunos de los detalles en los que erré. A comienzos de la década de los 30, Einstein había igualado la masa y la energía, y ya se hablaba de reacciones en cadena, pero los habitantes del Mundo Feliz no sabían nada acerca de la fisión nuclear. También a comienzos de la década de los 30, todos teníamos conocimiento de la conservación y de los recursos irremplazables, pero las reservas de metales y de combustible mineral eran tan copiosas en el siglo siete después de Ford como lo son las nuestras en la actualidad. En realidad, la situación de las materias primas ya era subcrítica hacia el año 600 d.F., y el átomo será la principal fuente de energía para la industria. Asimismo, los habitantes del Mundo Feliz habían resuelto el problema demográfico y sabían cómo mantener una relación permanentemente favorable entre el número de habitantes y los recursos naturales. En realidad, ¿nuestros descendientes lograrán esta dichosa consumación en los próximos seis siglos? Y si la logran, ¿será a fuerza de una planificación racional, o merced a esos agentes inmemoriales que son la peste, el hambre y las guerras intestinas? Por supuesto, es imposible preverlo. Lo único que podemos augurar, con una dosis razonable de incertidumbre, es que (si sus gobernantes resuelven abstenerse de desencadenar el suicidio colectivo) la humanidad viajará a velocidad vertiginosa por uno de los tramos más peligrosos y congestionados de su historia.
Los habitantes del Mundo Feliz producían a sus hijos en fábricas bioquímicas. Pero aunque los bebés en frascos no estén totalmente descartados, es virtualmente seguro que nuestros descendientes continuarán siendo, en verdad, vivíparos. No existe el peligro de que el Día del Frasco sustituya al Día de la Madre. La predicción la formulé con fines estrictamente literarios, y no como un pronóstico razonado de la historia futura. En este contexto sabía por anticipado que se demostraría mi error.
Ahora pasamos de la biología a la política. La dictadura descrita en el Mundo Feliz era global y, dentro de su estilo peculiar, benévola. A la luz de los acontecimientos presentes y de las tendencias en desarrollo, me aflige sospechar que es posible que también me haya equivocado en este pronóstico. Es cierto que todavía falta mucho para el siglo siete después de Ford, y quizá para entonces las penurias económicas, o el caos social derivado de la guerra nuclear, o la conquista militar por una sola Gran Potencia, o alguna tétrica combinación de estos tres factores, habrán intimidado a nuestros descendientes hasta inducirlos a hacer lo que deberíamos estar haciendo ahora por motivos de interés propio y esclarecido y de humanitarismo normal, a saber, colaborar por el bien común. No se puede pretender que, en tiempos de paz, y cuando la situación es tolerable, el pueblo vote medidas que, aunque beneficiosas en última instancia, tendrán, previsiblemente, algunas consecuencias desagradables a corto plazo. Las fuerzas disgregadoras son más poderosas que las que fomentan la unión. Los intereses creados en el campo de los idiomas, de las filosofías de vida, de los buenos modales, de los hábitos sexuales, de las organizaciones políticas, eclesiásticas y económicas, son suficientemente poderosos como para bloquear todas las tentativas de unir a la humanidad por su propio bien mediante métodos racionales y pacíficos. El nacionalismo, con sus Cincuenta y Siete Variedades de dioses tribales, es la religión del siglo veinte. Podemos ser cristianos, judíos, ateos, pero continúa en pie el hecho de que hay una sola fe por la cual muchísimos de nosotros estamos dispuestos a morir y matar, y esta fe es el nacionalismo. Parece harto probable, cuando menos, que el nacionalismo seguirá siendo la religión dominante de la raza humana durante los próximos dos o tres siglos. Si se evita la guerra total nuclear es probable que asistamos no al surgimiento de un estadio mundial único, sino a la prolongación, en peores condiciones, del sistema presente, en virtud del cual los estados nacionales se disputan los mercados y las materias primas y se preparan para guerras parciales. Probablemente la mayoría de dichos estados serán dictaduras. Y lo serán inevitablemente, porque la presión creciente de la población sobre los recursos determinará que las condiciones internas sean más difíciles y la competencia internacional sea más feroz. Los gobiernos de los países hambrientos caerán en la tentación de imponer controles cada vez más estrictos, para impedir el derrumbe económico y reprimir el descontento popular. Además, la desnutrición crónica reduce la energía física y perturba la mente. El hambre y el autogobierno son incompatibles. Incluso donde la dieta media suministra tres mil calorías diarios, ya es bastante difícil hacer funcionar la democracia. En una sociedad donde la mayoría de la población se sustenta con mil setecientas o dos mil calorías diarias es sencillamente imposible. La mayoría desnutrida siempre será gobernada, desde arriba, por los pocos bien alimentados. A medida que aumenta la población (somos dos mil millones que nos multiplicamos a un promedio de cuarenta millones anuales, y este incremento aumenta ciñéndose a las reglas del interés compuesto <nota del traductor: actualmente más de seis mil millones de habitantes>); a medida que las exigencias que crecen en proporción geométrica presionen cada vez con más fuerza sobre los suministros que se mantienen estáticos o que crecen , en el mejor de los casos, en progresión aritmética; a medida que el nivel de vida baje por la fuerza y que el descontento popular aumente por la fuerza; a medida que se torne aún más encarnizada la lucha generalizada por los recursos menguantes; estas dictaduras se volverán más opresivas dentro del país y más brutalmente competitivas en el exterior. “El gobierno –explica uno de los habitantes de Un Mundo Feliz-, es cuestión de sentarse, no de pegar. Se gobierna con los sesos y las nalgas, no con los puños.” Pero allí donde hay muchas dictaduras nacionales competitivas, cada una de las cuales mantiene problemas internos y cada una de las cuales se prepara para la guerra total o parcial contra sus vecinos, los gobernantes generalmente prefieren en lugar de quedarse sentados usar los puños como instrumento de su política en lugar de los sesos y la “magistral inactividad” (para citar la frase inmortal de Lord Salisbury) de la asentaderas. En política, es probable que el futuro próximo se parezca más a 1984 de George Orwell que a Un Mundo Feliz.
Ahora dejadme abordar algunos detalles en los cuales temo haber acertado. Los habitantes del Mundo Feliz eran los herederos y usufructuarios de un nuevo tipo de revolución, y esta revolución era, en verdad el tema central de mi fábula. Todas las revoluciones anteriores se han desarrollado en territorios ajenos al individuo como organismo psicofísico. Por ejemplo, en el campo de la organización eclesiástica y el dogma religioso, en el campo de la economía, en el campo de la organización política, en el campo de la tecnología. La próxima revolución, aquellas cuyas consecuencias describo en Un Mundo Feliz, afectará a los hombres y mujeres, no periféricamente, sino en el núcleo mismo de su ser orgánico. Los antiguos revolucionarios (si eran idealistas y no simples buscadores de poder) pretendían cambiar el entorno social con la esperanza de transformar la naturaleza humana. Los futuros revolucionarios se abalanzarán directamente sobre la naturaleza humana tal como la encuentren, sobre las mentes y los cuerpos de sus víctimas, o si lo preferís, de sus beneficiarios.
Entre los habitantes del Mundo Feliz, el control de la naturaleza humana se lograba mediante procreación eugenésica y disgenésica, mediante el condicionamiento sistemático durante la infancia y, más tarde, mediante la “hipnopedia” o educación durante el sueño. El condicionamiento infantil es tan viejo como Pavlov, y la hipnopedia, aunque rudimentaria, es ya una técnica consagrada. Ya hay en el mercado fonógrafos con relojes incorporados, que los activan y desactivan regularmente durante la noche, y los utilizan los estudiantes de lenguas extranjeras, los actores que tienen prisa por memorizar sus partes, los padres ansiosos por curar a sus hijos de la enuresis, los autodidactos que buscan perfeccionarse moral y físicamente mediante la autosugestión y las “afirmaciones del pensamiento positivo”. El hecho principal de que los gobiernos aún no hayan aplicado los principios de la procreación selectiva, el condicionamiento infantil y la hipnopedia se debe, en los países democráticos, a la latente convicción liberal de que las personas no existen para el Estado, sino el Estado para el bienestar de las personas; y en los países totalitarios a lo que podríamos denominar el conservadurismo revolucionario: el apego a la revolución de ayer y no a la revolución de mañana. Sin embargo, no hay motivos para pensar con complacencia que el conservadurismo revolucionario perdurará indefinidamente. La psicología aplicada ya surte notables efectos, en manos de los totalitarios. La tercera parte de los prisioneros norteamericanos sucumbieron, por lo menos parcialmente, al lavado de cerebro de los chinos, que quebrantó convicciones implantadas por su educación y su condicionamiento infantil, y sustituyó estos axiomas reconfortantes por la duda, la ansiedad, y un sentimiento crónico de culpa. Esto lo lograron con procedimiento absolutamente anticuados, que combinan la instrucción cabal con lo que podríamos denominar psicoterapia convencional a la inversa, sin recurrir a la hipnosis, la hipnopedia o las drogas modificadoras de la mente. Si hubieran empleado todos estos métodos más poderosos, o aunque sólo fueran algunos de ellos, probablemente el lavado de cerebro habría surtido efecto sobre todos los prisioneros, y no sólo sobre apenas el treinta por ciento. En su estilo vago, retórico, los oradores políticos y los predicadores religiosos se complacen en decir que la lucha actual no es material sino espiritual… que no es una cuestión de máquinas sino de ideas. Olvidan agregar que la eficacia de las idea depende en gran medida de la forma en que se inculcan. Una idea buena y beneficiosa se puede enseñar con una ineptitud que la priva de efecto sobre la vida de individuos y sociedades. A la inversa, otras ideas grotescas y perniciosas se pueden machacar con tanta pericia en la cabeza de los individuos que estos, rebosantes de fe, arremeterán y moverán montañas… para mayor gloria del diablo y para su propia destrucción. Actualmente el dinamismo de las ideas totalitarias es mayor que el de las liberales y democráticas. Esto no se debe, por supuesto, a la superioridad intrínseca de las ideas totalitarias. Se debe, en parte, al hecho de que en un mundo donde la población supera rápidamente el volumen de recursos, se necesita cada vez mayor control gubernamental… y es más fácil ejercer el control centralizado mediante técnicas totalitarias que mediante técnicas democráticas. También se debe, en parte, al hecho de que los medios empleados para difundir las ideas totalitarias son más eficaces, y se utilizan de manera más sistemática, que los medios empleados para difundir las ideas democráticas y liberales. Como hemos visto, estos métodos más eficaces de propaganda, educación y lavado de cerebro totalitarios, son bastante anticuados. Más temprano o más tarde, empero, dictadores abandonarán el conservadurismo revolucionario y, junto con él, los procedimientos anacrónicos que heredaron del pasado prepsicológico y paleofarmacológico. Después de lo cual, ¡que el cielo nos ayude a todos!
Entre los legados del pasado protofarmacológico debemos contar el hecho de que cuando necesitamos estimularnos, desahogar tensión o tomarnos unas vacaciones mentales respecto a la realidad desagradable, tenemos el hábito de beber alcohol o, si pertenecemos por casualidad a una cultura no occidental, de fumar hachís y opio, de masticar hojas de coca o betel o cualquiera de las decenas de substancias embriagantes. Los habitantes del Mundo Feliz no hacían nada de esto: se limitaban a tragar una o dos tabletas de una substancia llamada Soma. Es innecesario aclarar que no se trataba de mismo Soma que mencionan las antiguas escrituras hindúes -una droga bastante peligrosa extraída de una planta aún no identificada de Asia surcentral- sino de un producto sintético que poseía “todas las virtudes del alcohol y el cristianismo, y ninguno de sus defectos”. En pequeñas dosis, el Soma de los habitantes del Mundo Feliz relajaba, producía euforia, estimulaba la cordialidad y la solidaridad social. En dosis intermedia transfiguraba el mundo exterior y se comportaba como un alucinógeno suave, y en grandes dosis era narcótico. Virtualmente todos los habitantes del Mundo Feliz se creían dichosos. Esto se debía en parte al hecho de que habían sido criados y condicionados para ocupar el lugar que les habían asignado en la jerarquía social, en parte a la hipnopedia que las había hecho conformar su suerte, y en parte al Soma y a su capacidad para tomarse vacaciones, por este medio, respecto a las circunstancias desagradables y de sus personalidades antipáticas.
Todos los narcóticos, estimulantes, relajantes y alucinógenos naturales que conocen el botánico y el farmacólogo modernos fueron descubiertos por el hombre primitivo y se usan desde tiempos inmemoriales. Una de las primeras cosas que el homo sapiens hizo con su racionalidad y su conciencia de sí, recientemente desarrolladas, fue ponerlas a trabajar en búsqueda de medios para eludir el pensamiento analítico y para transcender o, en casos extremos, para anular temporalmente la conciencia aislante del yo. Después de probar todo lo que crecía en el campo o en el bosque, se aferraba a aquello que, en este contexto, parecía bueno, o sea a todo lo que cambiaba la naturaleza de la conciencia, a lo que la hacía distinta, no importaba como, del sentimiento, la percepción y el pensamiento cotidianos. Entre los hindúes, la respiración rítmica y la concentración mental han ocupado, hasta cierto punto, el lugar de las drogas transformadoras de la mente que se emplean en otras partes. Pero incluso en el país del yoga, incluso entre los creyentes y aun con fines especialmente religiosos, se ha utilizado pródigamente el cannabis indica para complementar los esfuerzos de los ejercicios espirituales. El hábito de tomarse vacaciones respecto del mundo más o menos semejante a un purgatorio que hemos creado para nosotros mismos es universal. Los moralistas pueden denunciarlo, pero a despecho de las opiniones adversas y de la legislación represiva, el hábito perdura, y las drogas transformadoras de la mente se pueden conseguir en todas partes. La fórmula marxiana: “La religión es el opio del pueblo”, es reversible, y se puede decir, aun con más propiedad, que “el opio es la religión del pueblo”. En otras palabras, la transformación mental, inducida como sea (por medios devocionales o ascéticos o psíco-gimnásticos o químicos), siempre ha sido interpretada como uno de los bienes más sublimes que es posible obtener, y quizá como el más sublime de todos. Hasta el presente, los gobiernos sólo han abordado el problema de las substancias químicas transformadoras de la mente desde el punto de vista de su prohibición o, con un poco más de realismo, desde el punto de vista de su control y tributación fiscal. Por ahora, ninguno lo ha abordado desde el punto de vista de su relación con el bienestar individual y la estabilidad social; y muy pocos (¡gracias al cielo!) lo han abordado en términos de una política de Estado maquiavélica. Los intereses creados y la inercia psicológica determinan que sigamos utilizando el alcohol como principal transformador de la mente… tal como lo hacían nuestros antepasados neolíticos. Sabemos que el alcohol es responsable de un alto porcentaje de nuestros accidentes de tránsito, de nuestros crímenes violentos, de nuestras desdichas domésticas, pero no hacemos ningún esfuerzo por sustituir esta droga anticuada y muy insatisfactoria por un nuevo transformador de la mente, menos dañino y más esclarecedor. Entre los habitantes de Un Mundo Feliz, la invención prehistórica del licor fermentado, atribuida a Noé, ha sido relegada a la categoría de las cosas obsoletas por un moderno producto sintético, específicamente ideado para fomentar el orden social y la felicidad del individuo, y esto con el mínimo coste fisiológico.
En la sociedad descrita en mi fábula, el Soma se empleaba como instrumento del gobierno. Los tiranos era benévolos, pero seguían siendo tiranos. No imponían la sumisión a sus súbditos por medios violentos, sino que los obligaban químicamente a amar su servidumbre, a cooperar de buen grado e incluso con entusiasmo en la preservación de la jerarquía social. Los perversos o los ignorantes pueden hacer mal uso de todo y de cualquier cosa. El alcohol, por ejemplo, en pequeñas dosis se ha empleado para facilitar el intercambio de ideas en un simposio (literalmente, un festín) de filósofos. También ha sido empleado, digamos por los traficante de esclavos, para facilitar los secuestros. La escopolamina se puede utilizar para producir la narcosis parcial, pero también para aumentar la sugestibilidad de los prisioneros políticos y para debilitar su voluntad. La heroína se puede usar para mitigar el dolor, y también (como se dice que la usaron los japoneses durante la ocupación de China) para producir la adicción incapacitante de un adversario peligroso <<nota del traductor: del mismo modo acabaron con la peligrosa generación beatnik e hippie, generando toda una generación de zombies o muertos>>. Dirigida por malos líderes, la revolución venidera podría ser tan desastrosa, a su modo, como una guerra nuclear o bacteriológica. Mediante el empleo de los instrumentos psicológicos, químicos y electrónicos que ya existen (para no hablar de otros dispositivos nuevos y mejores que nos reserva el futuro), una oligarquía despótica podría mantener a la mayoría en un estado de subyugación permanente y voluntaria. Esta fue la profecía que formulé en Un Mundo Feliz. Espero que prueben mi error, pero me atormenta el miedo a que prueben mi acierto.
En el ínterin, hay que señalar que el Soma no es intrínsecamente malo. Por el contrario, una droga transformadora de la mente, inofensiva pero eficaz, podría convertirse en una bienaventuranza de primer orden. Y de todas maneras (como demuestra la historia rotundamente) nunca será cuestión de eliminar las substancias químicas transformadores de la mente. La opción que tenemos delante no consiste en elegir soma o nada, sino en elegir Soma o alcohol, el Soma o el Opio, el Soma o el hachís, el ololiuqui, el peyote, la datura, el agárico y el resto de las substancia naturales transformadoras de la mente; y consiste en elegir el Soma o productos de la química y farmacología científica tales como el éter, el cloral, el veronal, la Bencedrina y los barbitúricos. En una palabra, debemos elegir entre una droga total más o menos inofensiva y una vasta gama de drogas más o menos perniciosas y sólo parcialmente eficaces. Y esta opción no se aplazará hasta el siglo siete después de Ford. La farmacología está en marcha. El Soma de En un Mundo Feliz ha dejado de ser una quimera lejana. En verdad, ya tenemos entre nosotros algo que posee muchas de las características del Soma. Me refiero al agente tranquilizador más reciente: la Píldora de la Felicidad, como la llaman afectuosamente sus consumidores, conocida en los Estados Unidos por las marcas registradas Miltown y Equanil. Estas píldoras de la felicidad ejercen una doble acción: relajan la tensión del músculo estriado y por tanto relajan las tensiones asociadas a la mente, y al mismo tiempo actúan sobre el sistema enzimático del cerebro de manera tal que evitan que las perturbaciones generales en el hipotálamo interfieran en el funcionamiento de la corteza. En el plano mental, el efecto es una bienaventurada liberación respecto de la ansiedad y la emotividad personal.
En mi fábula, el salvaje expresa su convicción de que las ventajas del Soma se deben pagar mediante pérdidas en los niveles humanos más sublimes. Quizá tenía razón. El universo no está habituado a darnos las cosas gratuitamente. Y sin embargo hay mucho que decir a favor de la una píldora que nos permite adoptar frente a las circunstancias una actitud de desapego, de ataraxia, de “santa diferencia”. El método moral de una acción no se puede medir exclusivamente en términos de intención. El infierno está empedrado de buenas intenciones, y también debemos tomar en cuenta los resultados. El comportamiento racional y amable tiende a producir buenos resultados, y estos siguen siendo buenos aunque la conducta que los produjo haya sido producida a su vez por una píldora. Por otra parte, ¿podemos sustituir impunemente la autodisciplina sistemática por una sustancia química? Eso está por ver.
Entre todas las drogas transformadoras de la conciencia, las más interesantes, ya que no las más inmediatamente útiles, son aquellas que, como el ácido lisérgico y la mescalina, abren la puerta a lo que podríamos llamar el Otro Mundo de la mente. Muchos estudiosos ya están explotando los efectos de dichas drogas, y podemos tener la certeza de que en el futuro próximo se producirán otros transformadores de la mente, con propiedades aún más notables. Es imposible prever lo que el hombre hará finalmente con estos elixires extraordinarios. Yo sospecho que están destinados a desempeñar, en la vida humana, un papel por lo menos tan importante como el que ha desempeñado, hasta ahora, el alcohol, e incomparablemente más beneficioso.
Extraído de el libro “Moksha” de Aldous Huxley; escrito en 1956.